El Teatro Massimo entre arte e historia

 

El teatro Massimo de Palermo (dedicado a Vittorio Emanuele II) se inauguró el 16 de mayo de 1987 con Falstaff de Giuseppe Verdi, dirigido por Leopoldo Mugnone; en el cartel se anunciaban también La Gioconda de Ponchielli y Bohème de Puccini; en el elenco de la compañía figuraban las voces más celebradas de su tiempo y entre los jóvenes tenores destacaba un nombre destinado a ser aclamado por los públicos de todo el mundo, el de Enrico Caruso. Era domingo y Palermo entera, espectante, se preparaba a vivir un acontecimiento memorable, donde carrozas, y elegantes vestidos y joyas formaban un marco de lujo.

La inauguración tenía lugar veintidós años después de la colocación de la primera piedra (12 enero de 1875), acto que ponía fin a una complicada travesía comenzada unos diez años antes. Desde hacía tiempo, en efecto, se hablaba de un gran teatro de ópera en Palermo, que fuera digno de la más importante ciudad de la Italia meridional después de Nápoles. En 1864 el alcalde, marqués de Rudinì, había lanzado un concurso internacional, al que se presentaron treinta y cinco arquitectos de varias naciones; la comisión que formaba el jurado estaba compuesta por Gottfried Semper, presidente, y por Mariano Falcini y Saverio Cavallari; lo que revela la altura del nivel cultural de la época y de las relaciones existentes entre Sicilia y Europa. Ganó la competición el arquitecto palermitano Giovanni Battista Basile. Entre las discusiones más exaltadas que surgieron, estuvo la relativa a la ubicación del nuevo teatro, para cuya construcción hubo que destruir la totalidad del barrio de S. Giuliano, derruyendo la Porta Maqueda, la iglesia de S. Giuliano y la de las Stimmate con su convento adjunto. Luego durante las obras se pusieron en discusión una serie de gastos no previstos, por cuya razón en 1881 los trabajos quedaron suspendidos.

Ocho años más tarde, finalmente, el Consejo municipal resolvió poner punto final a toda discusión y continuar la obra; decisión a la que no fué ajeno el peso político y económico de Ignazio Florio, que apreciaba mucho a Basile.

Al morir dos años después, en 1891, Giovanni Battista Basile, se llamó para terminar la obra a su hijo Ernesto, quien, aunque respetando el proyecto paterno, se ocupó en detalle de las instalaciones y de las estructuras, y enrequeció la decoración, llamando a su lado a los mejores artistas de su época, coordinando el trabajo de pintores, decoradores, artesanos, interpretando el proyecto arquitectónico y artístico inconcluso por su padre y ajustándose a una compleja uniformidad de estilos y formas.

Entre los nombres que destacan más encontramos a: Rocco Lentini, Ettore De Maria Bergler, Michele Cortigiani, Luigi Di Giovanni, Francesco Padovano, Giuseppe Enea, Enrico Cavallaro.

EL MONUMENTO – En el panorama europeo el Teatro Massimo de Palermo representa el punto más alto en la evolución de la tipología del “teatro al estilo italiano” en lo que se refiere a teatros de ópera, y concluyendo un proceso que había atribuído al espectáculo lírico un caracter selectivo, casi sagrado, y que seguía dos tendencias arquitectónicas de proyectos: una, francesa, de Charles Garnier, que se manifestó en la arquitectura de la Opéra de Paris, y la otra, alemana, que a través de Karl Friederich Schinkel y Gottfried Semper produjo la del Teatro de Bayreuth de Richard Wagner.

El estudio de Basile tuvo varios puntos de contacto con ambas tendencias, pero se dirigió principalmente a perfecionar el tipo conocido como italiano, acogiéndose a principios de racionalidad funcional (uso de materiales tradicionales y de nuevos sistemas de construcción) presentes en el Teatro alla Scala de Milán, de Giuseppe Piermarini, y haciendo uso principalmente de elementos de inspiración clásica. En efecto, estudiando el mundo clásico, Basile descubrió las leyes de la armonía y del equilibrio, para dimensiones y composiciones, apoyándose en una rigurosa geometría que tenía por base la “sección áurea”, y uniendo, además, el estudio de la arquitectura clásica y de las formas de la arquitectura siciliana antigua con una moderna pericia técnico-científica.

 

EL EXTERIOR - Convencido del papel fundamental de Italia y de Sicilia en la historia de la arquitectura occidental, Giovanni Battista Basile se inspiró, en las formas y en los materiales, en las arquitecturas de Tivoli, y en las de Solunto. Para la columna de tamaño gigante del exterior del teatro adoptó el capitel corintio de Solunto en piedra de toba; como complemento a la escenografía de la escalera proyectó un pronaos de entrada de seis columnas, que ensalza el aspecto simbólico y sagrado del edificio, representando a la Comunidad y a su civilización. “Como custodiando el teatro” situó dos leones de bronce, montados por dos figuras femeninas, símbolos de La Tragedia (a la derecha) obra de Benedetto Civiletti, y de La Lírica (a la izquierda) de Mario Rutelli. También se ocupó Ernesto Basile de organizar el entorno del teatro y principalmente la plaza delante iluminada por elegantes candelabros en hierro fundido, realizados sobre proyecto suyo. Cerca de la escalera colocó un busto de Giuseppe Verdi, obra de Antonio Ugo.
El teatro - que ocupa una superficie de más de 7.700 metros cuadrados – dispone de otras entradas, para el acceso de las carrozas del público, de las del Soberano, de los artistas, de los músicos, y demás personal de servicio del escenario.

EL INTERIOR - Después del pronaos, se abre el amplio foyer, seguido por un vestíbulo de planta cuadrada, que conduce a la platea y a las escaleras, que a su vez llevan a varias plantas de palco. El foyer tiene un majestuoso adorno de entrada, grandes candelabros, elegantes pilastros adosados a la pared de tipo gigante y el busto de Giovan Battista Filippo Basile, obra de Antonio Ugo. Al foyer se asoman en la planta noble los vestíbulos y los pasillos del palco real. La sala tiene forma de herradura (19,75 metros por 26,50), y recuerda las de la Opéra de Paris, de la Opera de Viena y del Carlo Felice de Genova, con cinco plantas de palcos y galería. Fué proyectada para 3.000 plazas, luego reducidas a 500 en butacas, 1.200 en las cinco filas de palcos y 500 en galería, en total 2.200 plazas. Hoy la ley no permite una presencia de más de 1.350 espectadores. La cobertura de la sala se realizó con una cúpula metálica (de más de 28 metros de diámetro) de gran audacia tecnológica.

Las dimensiones del escenario son de 28,50 metros de anchura por 38,80 de profundidad (superadas solo por la Opéra de Paris); mientras que la parte anterior es de 14 metros de embocadura (entre los más grandes de Europa).

Basile puso mucho cuidado en procurar la mayor visibilidad posible desde cualquier rincón de la sala; mientras que, para conseguir una acústica casi perfecta (aun hoy entre las mejores de los teatros europeos) dispuso soluciones técnicas entonces modernísimas.

La magnífica decoración de la sala – en la que se adoptó una solución cromática fundada en juntar el oro y el rojo – está formada por elementos de madera y estuco cubierto de pan de oro, obra de Salvatore Valenti, y por finas pinturas en las diversas plantas de los palcos, representando amorcillos, ramos de flores y fruta, cestos, máscaras de teatro, que culmina en la espléndida bóveda pintada por Rocco Lentini, representando el triunfo de la Música.

El telón (12 metros por 14) pintado por Giuseppe Sciuti, representa la coronación de Ruggero II en Palermo en 1130.

Enmarcado en un rico adorno dorado, el lujoso palco real, con foyer, está forrado todo con madera de caoba; el techo es obra del pintor Ettore De Maria Bergler, mientras que Ios artesonados fueron pintados por Francesco Padovano.

Los palcos, con pequeños antepalcos, se cuentan entre los más amplios y cómodos existentes en los teatros europeos, con su anchura de 1,96 metros.

En el interior del teatro, en la planta noble, destaca la Sala pompeyana (o sala de capacidad reducida), decorada en estilo pompeyano por Ettore De Maria Bergler, con friso de adornos en relieve, en estuco claro sobre fondo rojo. Entre la sala pompeyana y el palco real se encuentra la Sala de los Escudos, también con decoraciones de estilo pompeyano. En la planta baja, donde se encuentra una entrada independiente de la plaza a un pequeño jardín, hay una Sala del Café, con una rica decoración de adornos de flores, frutas y máscaras de teatro, y sobrepuertas con figuras alegóricas, obra de Enrico Cavallaro.